primera vez con una prostituta sensaciones

La primera vez siempre deja un mal sabor de boca

Si ahora mismo estás aquí pensando si dar o no dar ese paso crucial que marca la frontera entre la más absoluta fidelidad y el adulterio, quizás esta entrada no te ayude en exceso o puede que todo lo contrario, pues en las líneas sucesivas detallaré no mi primera experiencia como infiel, sino las sensaciones que me causaron no en el momento de mantener el acto sino las sensaciones que me inundaron al inicio y al concluir la relación sexual con una de las primeras prostitutas que contrate para saciar mis necesidades e impulsos más básicos y físicos.

Lejos de mantener un recuerdo fresco y consolidado de mi primera experiencia al contratar los servicios de una prostituta, de la cual ni tan siquiera soy capaz de recordar su nombre; las sensaciones previas y posteriores a mi primer encuentro si se han atesorado en mi interior de una forma muy especial y de alguna forma, me han servido para separar de una manera más o menos lógica o mejor dicho pragmática los actos estrictamente sexuales de cualquiera de las acciones sentimentales y amorosas que pueda llegar a tener con mi pareja, ya sea manteniendo una relación sexual o simplemente viendo una película en el cine, pues mi primer encuentro hizo despertar en mi interior sensaciones tan sumamente poderosas que aún las conservo con cierto recelo.

El miedo y el nerviosismo inicial

Todo es nuevo, desde escoger la profesional destinada a saciar nuestras necesidades más bajas hasta la propia llamada telefónica suena extraña y se desarrolla con una breve, por no decir que casi escasa, participación por la parte contratante. Este es o mejor dicho fue mi caso particular, que tras colgar el teléfono disparó completamente mi ritmo cardíaco hasta niveles insospechados, el pulso acelerado, mis manos temblorosas y el incesante martilleo de una pregunta que no cesaba de rebotar en mi mente: – ¿Qué he hecho? pero esta sensación termina sucumbiendo ante las múltiples respuestas que puedes llegar a darte, yo por lo menos lo hice y encontré el consuelo necesario para hacer un esfuerzo final tragando saliva y empujando hacía lo más hondo de mi estómago todas las dudas que me asaltaban por el camino.

Ya en la puerta del piso, con 30 minutos de adelanto, de nuevo ese extraño temor recorrió mi cuerpo ante mi sorpresa, que ya estaba plantado con las ideas claras y con todas las posibles respuestas apuntadas y copiadas en todos los rincones existentes de mi mente, pero ahí – justo delante del timbre rojo – volvieron a surgir de lo más recóndito de mi estómago para convertirse en un nudo total y absoluto en mi garganta que me impedía incluso formular palabra alguna. Enciendo un cigarro, miro a mi alrededor como si de pronto sintiera que me estaban observando mil personas completamente ajenas a mi vida pero directamente relacionadas con mi esposa. No encuentro caras conocidas pero si alcanzo a localizar un bar en una esquina – “¡Mi salvación!” – susurro en voz alta mientras dirijo mis torpes pasos hacía la esquina donde estaba presentada la puerta del bar. Al abrir la puerta, un extraño sentimiento de salvación acaricia nuevamente mi corazón, mente y estómago, el cual parece estar sediento del primer trago del día.

Un par de cervezas más tarde, con dos chicles en la boca y con los ánimos nuevamente encendidos por quedar tan solo unos minutos para la hora acordada, dirijo mis pasos hacía el umbral de la puerta, pulso el botón rojo y se abre la puerta. Subo las escaleras de dos en dos con una convicción casi infranqueable, sería cosa del alcohol o del calenton que me atormentaba desde hacía ya meses; golpeo con los nudillos la puerta indicada en la conversación telefónica y la puerta al cabo de unos segundos que parecieron horas interminables por fin se abre. Detrás de la misma, ella, por lo que alcanzo a recordar la chica de las fotos que tanto me llamo la atención estaba justo delante de mi a escasos centímetros de distancia. Siento el impulso de besarle, lo hago de forma brusca haciendo que la chica de un paso hacía atrás. Me separa suavemente con las manos y me mira diciendo – “Creo que hoy vienes con muchas ganas….” mientras dice esto acerca su mano izquierda a mi entrepierna mientras con la derecha recorre mi espalda mientras me vuelve ha acercar hacía ella añadiendo “… y muy, pero que muy cargado… ” aprieta suavemente mi paquete, el cual estaba a punto de estallar por la emoción y la tensión pasadas hasta alcanzar este momento. Me besa más suavemente, roza mis labios diversas ocasiones y hace que su lengua comience a juguetear con la mía guardando siempre unos centímetros de distancia entre sus labios y los mios.

Creo que en ese momento, el momento me atrapo completamente. Por lo que llego a recordar la relación fue correcta, una chica implicada, amable y sobretodo atenta que detecto a simple vista que el nerviosismo y mi impulsividad eran clara muestra de una necesidad arraigada desde largo tiempo y sobretodo, aunque esto simplemente es una sospecha personal, vio claramente era sino mi primera vez con una profesional muy seguramente una de las primeras.

Después de la limpieza de bajos correspondiente, me despide con un beso en la mejilla y me advierte que no me haga esperar tanto la próxima vez que contenerse tanto no es bueno para la salud. Sonreí y no recuerdo si le llegue a decir adiós.

Remordimientos pasajeros del que ya no es un pajero

Una vez alcanzada la calle, vuelvo a experimentar una nueva sensación de remordimientos por todo lo que había hecho, un sentimiento que me invade durante todo el camino de vuelta a casa.

Una vez en mi domicilio aliviado descubrí que mi mujer no había llegado, un hecho que aprovecho para pegarme una buena ducha de agua caliente, aunque ya llegaba duchado del piso de la prostituta una extraña sensación o idea me hacía pensar que tras ducharme en casa me sentiría más tranquilo y cómodo con la situación. Dicho y hecho, no hay nada como la tranquilidad que proporciona el baño propio. Termine de secarme delante del espejo del baño y asintiendo con la cabeza me dije a mi mismo “Has hecho lo que necesitabas hacer, ni más ni menos” y tras decirme esto dos veces más en voz alta, comprendí con esa certeza absoluta que tan solo somos capaces de encontrar en las tablas matemáticas que ni más ni menos había saciado una necesidad física y no sentimental, que ni más ni menos no había sido más o menos importante que cualquiera de las múltiples masturbaciones a las que me sometía cada noche y que, en ocasiones, me impedían abrazar después a mi pareja por sentirme asqueado conmigo mismo.

Finalmente, recuerdo que en la oscuridad de la noche meditando sobretodo lo pasado con mi pareja, con todo lo hecho durante el día y analizando las sensaciones experimentadas durante los momentos previos y posteriores a mi primer encuentro sexual con otra mujer que no fuera la mía, comprendí que ni sería ni la primera ni la última vez que lo haría.